La obesidad, al alcance de todos los bolsillos
En verano se lleva la carne por fuera,
gracias a lo cual se comprueba que, si Bentham pregonaba
el máximo bienestar
para el máximo número de personas, la civilización
hipercalórica ha conseguido repartir el máximo
número de kilos en un número máximo de
seres humanos, que además crece a diario. Occidente
se divide hoy entre obesos y obsesos, con la balanza interpretando
el papel de juez universal que le adjudicaron los clásicos.
A nadie se le ocurriría aprovechar una reunión
social para plantear lo sobrenatural -por lo menos hasta que
Alá recupere la hegemonía-, pero el sobrepeso
fascinará a los congregados sin excepción, hombres
y mujeres al borde de un ataque de lípidos. La silueta
ha reemplazado al sexo como asunto inevitable de conversación,
quizás porque la visualización de los efectos
de la primera impide las mentiras flagrantes y favorece la
contabilidad. Por ejemplo, el setenta por ciento de los 164
condenados a muerte por Bush como gobernador de Texas, un auténtico
récord mundial, pidieron una hamburguesa completa de
una famosa marca, con una ración grande de patatas fritas,
para su última cena.
La fijación dietética ni siquiera cumple con la manía contemporánea
por la originalidad. Siendo gobernador de la Insula Barataria, Sancho Panza se
lamenta a Don Quijote por escrito de que «este tal doctor dice él
mismo de sí mismo que él no cura las enfermedades cuando las hay,
sino que las previene, para que no vengan; y las medicinas que usa son dieta
y más dieta, hasta poner la persona en los huesos mondos, como si no fuera
mayor mal la flaqueza que la calentura». El torturador del escudero es
el doctor Pedro Recio, natural de Tirteafuera. El texto cervantino arruina asimismo
las pretensiones innovadoras de la medicina preventiva, que sólo cuenta
cuatro siglos de antigüedad.
La obesidad no ha alterado su vigencia, aunque sí sus destinatarios. Cuando
María Antonieta propuso una extraña solución para los problemas
nutricionales de sus súbditos -«¿no tienen pan?, pues que
coman pasteles»- , sesudos historiadores aseguran que esta ingeniosidad
desencadenó los tumultos de la Revolución Francesa. En cambio,
hoy la obesidad se ha democratizado, está al alcance de todos los bolsillos.
Más aún, ya sólo engordan los pobres del Primer Mundo, tal
como recogen los patrones de candidatos al sobrepeso. En el extremo opuesto,
Claudia Schiffer era una adolescente rolliza, según atestiguan sus primeras
fotos. Hoy pasa días enteros sin comer. En un aggiornamento del misticismo,
ha consagrado su vida y su belleza al ayuno. Frente a mesas atiborradas de manjares,
las modelos tienen por única misión no comer, resistir los acechos
de las calorías como en otro momento hubieran afrontado los requiebros
de los casanovas. Su portaestandarte es Lady Di, que quemaba inmediatamente en
el gimnasio las calorías que acababa de ingerir en la mesa, materializando
así la utopía del metabolismo instantáneo.
La banalización de los problemas no suele evitarlos, aunque todavía
es más peligrosa la tendencia a invertirlos. Por ejemplo, distorsionando
la incidencia de la anorexia -trece muertos al año en el Reino Unido-,
mientras adquiere proporciones epidémicas la obesidad -según el
consenso, causa miles de víctimas en el mismo ámbito-. La situación
se hace grotesca cuando los atletas más afinados del planeta se ven amenazados
por la báscula. La NBA se puebla de gigantes gordos, y los equipos punteros
de fútbol fichan a nutricionistas para evitar el sobrepeso de sus ronaldos.
Dado que estos profesionales son depuradas centrales energéticas, cuya única
función conocida consiste en quemar calorías a gran escala, la
situación está fuera de control.
Para tranquilizar las conciencias, ya sólo faltaba la búsqueda
de un culpable, designado en la figura de los gigantes de la alimentación
rápida. Pese a que esta celeridad favorecería el desplazamiento
al gimnasio para quemar el exceso de grasas, las empresas de fast food correrán
la suerte de las tabaqueras, y se descargará sobre ellas la adicción
de sus clientes. Como de costumbre, Don Quijote adoptaba una visión más
escéptica, y le reconocía a Sancho con displicencia que «yo
nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo». Lo importante
es la obsesión, que al fin y al cabo contribuye a mantener en pie al
ser humano.
Fuente:
Mercalevante (2 de Octubre
de 2005)